lunes, 28 de diciembre de 2009

Confianza

Tras sacar de una bolsa una pequeña cajita de metal le dijo:
-¿confías en mi?
-Confío. – le contesto ella, tras observar el liquido lechoso que llenaba una jeringuilla en el interior de la caja.
Guiñándole un ojo, le tendió la mano y dijo:
-Sube.
Ella abandono el almohadón donde había permanecido sentada hasta entonces y le siguió, aferrando con fuerza su mano, hasta la pequeña terraza de su apartamento. Debido a la altura, la leve brisa que momentos antes azotaba sus rostros, se había transformado en un viento recio y frió, que por unos momentos los trajo de vuelta al mundo real, pero no como para hacerles olvidar la experiencia que se disponían a vivir. La mano de el empezó a subir desde la muñeca de ella hacia arriba, dejando al desnudo su brazo y por un momento, tal vez debido al frió, tal vez a la emoción, su bello se erizo y un escalofrío recorrio todo su cuerpo. La jeringa abandono su soporte metalizado y un par de segundos después la aguja penetro en sus venas, diseminando su contenido en dirección a su cerebro. En lo que a ella le pareció en interminable momento, la droga empezó a trabajar frenéticamente en su interior. Sus pies perecieron levitar, a la vez que el suelo de la terraza pareció desaparecer bajo su cuerpo.
-Estoy volando. – dijo, mientras observaba como el se inyectaba una dosis y movía repetidamente el embolo de la jeringa arriba y abajo haciendo que la sangre empujara cuanto antes lo que el definía como el mayor placer que disfrutara jamas hombre alguno.
Cuando al cabo de cinco minutos, la droga ya consumía todo su cuerpo, el, agarrándose a la barandilla, se subió muy despacio en el borde de la pequeña valla que delimitaba parte de la terraza. Se irguió lentamente y volviéndose hasta ella, le tendió la mano, invitándola a subir. Le agarro por la muñeca mientras el hacia lo mismo y con su ayuda se subió a la valla, balanceándose débilmente. Ella apretó fuertemente en ese momento su mano hasta clavarle las unas en la carne, sin que el diera muestra alguna de dolo ni notase como la sangre se deslizaba muñeca a bajo. Tras una breve momento de silencio, dijo:
-Si saltas tu, yo salto.
Ella lo miro un instante y después de asentir con la cabeza, los dos saltaron.

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